viernes, 6 de mayo de 2022

El patio de las máscaras 2.

 

CRÓNICA 

Parte 2



Fleur se giró y con un gesto de cortesía le tendió la mano. Aramis con la mano en el corazón le hizo una reverencia y la cogió sin dudarlo.

Comenzaron a bailar y los dos se fusionaron en un solo elemento. No hicieron falta presentaciones ni tan siquiera unas palabras de cortesía porque aquella sería su primera y última canción. No dejaron de mirarse, ocultos bajo sus máscaras, desnudos ante sus ojos. Tocaban sus manos y se dejaban mensajes ilegibles que tan solo ellos reconocían. Bailaron por los viejos tiempos, por todos aquellos compases que les arrebataron.

En un instante recordaron que los dos estaban allí para permanecer el uno al lado del otro. Fueron los mejores minutos de sus vidas desde hacía muchísimo tiempo. La canción terminaba y el murmullo a lo lejos aumentaba. De pronto, su júbilo se disipó de un plumazo cuando se cercioró de que, al fondo del patio, en lo alto de las escaleras, estaba el duque Chambèry con un séquito de guardias. Uno de ellos sostenía con sus brazos una capa negra mientras el duque daba órdenes y realizaba aspavientos en su dirección: le habían descubierto.

La canción terminó y Aramis puso sus manos junto a las suyas y le tendió un papel que Fleur rápidamente consiguió ocultar. Sus caras de preocupación terminaron en una media sonrisa cuando Aramis le dijo:

- Pase lo que pase, guárdalo. Siempre será lo primero que creamos e hicimos juntos.

Aramis desapareció entre la multitud. Consiguió alcanzar una de las puertas laterales por donde entraba el servicio cuando sintió el filo de la espada en su garganta. Petrificado miró a su alrededor y vio como todo el patio quedaba en silencio y toda la atención posaba en él. Se acercaban guardias desde todos los flancos junto al conde que brillaba de orgullo. De repente, dos enmascarados en lo alto de las escaleras sacaron las espadas y derribaron a los guardias de la entrada. Aquel imprevisto lo aprovechó Aramis para girar rápidamente sobre sí mismo y escapar de su presa con un empujón. Blandió su espada y comenzó a correr hacia las escaleras enfrentándose a todo aquel que se le cruzaba en el camino. Cuando llegó arriba, junto a los dos desconocidos que le habían dado la oportunidad de escapar, se dio cuenta de que no había conseguido engañarlos, ya que Athos y Porthos estaban allí con a él, como siempre. Se zafaron una y otra vez de los innumerables guardias tratando de alcanzar la salida. Saltaron a través de una de las ventanas del segundo piso que daban de nuevo al jardín trasero. Allí esperaban ensillados los tres caballos, listos para escapar. La huida fue más fácil de lo que pensaron ya que el bosque y una espesa niebla que se había formado eran los mejores aliados que siempre habían deseado.

Horas más tarde, en un cruce de caminos paseaban lentamente con sus caballos tratando de volver a casa. Ninguno de los tres había mediado palabra, estaban vivos y no sabían cómo. Aramis les debía todo. A lo lejos, apareció un caballo con dos jinetes sobre él. Iban muy tapados y se movían igual de lentos que ellos. Aramis paró su caballo, pero sus amigos continuaron como si no les sorprendiera encontrarse con alguien en aquel lugar indeterminado. Al cabo de un instante, que a Aramis se le hizo eterno, reconoció a Jerome dirigiéndose hacia ellos. Detrás de él, montaba una mujer. De su larga capucha tan solo podía discernir sus ojos, su boca y parte de su fino y rojo cabello. Jerome también fue parte del plan y aprovechó todo el desconcierto para sacarla del palacio.

Aramis se estremeció, bajó del caballo y se acercó para ayudarla a desmontar. Una vez frente a frente, bajó lentamente su capucha para dejar a la luz de la luna su preciosa melena rojiza. Allí fue donde se fundieron en un abrazo eterno, en un cruce de caminos.

A.

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