viernes, 26 de agosto de 2022

El collar de Allevard

 

CRÓNICA

Parte 3

 


Habían transcurrido un par de horas cuando la niebla ya se había disipado por completo. El bosque ya había dejado paso a una llanura extensa y de árboles solitarios. A los costados del camino comenzaban a amontonarse rocas de gran tamaño, desprendidas de las gigantescas montañas que los rodeaban. El desnivel aumentaba progresivamente hacia los pies del Mont Blanc, que aún quedaba bien lejos. Paseaban en hilera a unos diez metros de distancia donde encabezaba Athos, seguido de Porthos, Aramis y Jerome, que cerraba la caravana de jinetes.

Fleur tenía la cabeza apoyada en uno de los hombros de Aramis y la ladeaba suavemente al ritmo del caballo. Sus manos envolvían a Aramis por la cintura y sus ojos descansaban muy cerca de los suyos. Aramis sentía de nuevo el calor en su espalda, de sus cuerpos, de sus vidas. Notaba su pausada respiración, su olor inconfundible y el cabello, que le acariciaba el cuello cuando soplaba el viento. Al cabo de unos minutos, Aramis le susurró al oído y la despertó:

- Ya hemos llegado.

Se encontraban en lo alto de una de las montañas de la sierra conocida como el collar de Allevard. Un poco más abajo, se permanecía el pequeño pueblo que le daba nombre al collar. Delante de ellos apareció una imponente masía de dos plantas, con grandes extensiones de tierra y un pequeño muro que la rodeaba. Un joven les abrió la puerta exterior que daba acceso al recinto y entraron a descansar. Ya amanecía cuando Aramis acompañó a Fleur a la habitación en el segundo piso y la observó hasta que recuperó el sueño, segundos después. Seguidamente decidió bajar de nuevo a tomar un trago en el salón. Habían pasado muchas cosas y muy deprisa. No había tenido tiempo de procesar toda la información, todo el riesgo que habían asumido y que seguía asumiendo. No había dado dos tragos a la copa cuando Jerome apareció y se sentó en otro sillón diciendo:

- ¿Pensabas que te dejaría solo esta noche? -preguntó a través de una mirada complaciente y sorbiendo su primer trago-.

- Nunca dejas de sorprenderme Jerome. Gracias por sacarla de allí y por estar aquí, conmigo.

- Gracias a ti por luchar por la justicia, por creer querer, por todos nosotros.

Rápidamente Aramis hizo un gesto levantando la copa en lo alto y Jerome le imitó. Ambos brindaron por la vida y por el amor.

A la mañana siguiente, Aramis se despertó sobresaltado sintiendo un filo helado sobre su espalda. Cuando abrió los ojos únicamente pudo ver otros ojos marrones, observándole sin mediar palabra. Fleur dejó escapar una media sonrisa y le acarició lentamente la cara, por las mejillas, cerca de su boca. Aramis comprendió que tan solo había sido un mal sueño. Miró a su alrededor y por la cantidad de luz que entraba intuyó que era tarde, ya que el sol debía posarse muy alto. Aramis había dormido más de ocho horas seguidas, muchas más de las que acostumbraba a dormir en los últimos meses. Su cansancio y su compañía le habían hecho dormir como ya casi ni recordaba. Se sentía de nuevo en casa, con su familia.

Pasaron escondidos unos días en lo alto de aquella montaña, en los que tan solo el joven vigía y Jerome bajaban a por suministros. Todos los días traían rumores y chismorreos que los vecinos de Allevard comentaban por doquier: en las calles, en los salones y sobre todo en los mercados. Parecía que nadie supiera que se escondían allí, pero sí sabían una cosa: El duque de Chambèry perseguía sus pistas con más de cien hombres, batiendo cada montaña, cada camino, cada casa. Además, una pequeña parte de sus hombres se dirigían a París en busca de la familia de Fleur. Las vidas de su familia siempre fueron la moneda de cambio por la que Fleur permanecía junto al conde de Chambèry todo este tiempo. Cuando las noticias llegaron, Fleur se puso muy nerviosa y sentenció a Aramis:

- Debo regresar. Si no regreso, sabes que los matarán. ¿No pensaste en eso cuando viniste a por mí?

- Ellos estarán bien. Me aseguré que se escondieran. -contestó Aramis-,

- Yo no quiero que vivan en las sombras como nosotros, merecen mucho más, lo siento, no puedo quedarme.

Aramis tragó saliva y se acercó para acariciarle los hombros lentamente:

- Dame esta noche, aquí, contigo y mañana te doy mi palabra de que sabremos lo que debemos hacer. Si necesitas volver a por tu familia, te dejaré marchar. Deseo que estés y estéis bien, pero te necesito esta noche. Siempre protegeré a tu familia.

Fleur suspiró y abrazó a Aramis. Confiaba ciegamente en él desde el primer día que le conoció.

- De acuerdo, una noche. Pero mañana partiremos. ¿Y qué quieres hacer cuando el sol se esconda?

- Quiero cenar. ¡Y bailar contigo!

- Pero solo una noche.

- La última noche.

La sonrisa de Fleur alumbró las cuatro paredes de la habitación y Aramis contestó con la suya sumiéndose ambos en un fuerte abrazo.

 

 

A.

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